Recuerdos de Detva, corazones desgarrados

 
En este bosque enblanquecido, que solo algunos pájaros parecieran habitar, la luz mortecina de un día invernal apenas atraviesa el apretado enramaje de añosos árboles. Sólo el eco del palpitar del propio corazón en los oidos y el frio que entumece la cara dan cuenta que no es un sueño. Reina un silencio reconfortante que puede también en un tris volverlo loco a uno mientras me detengo a contemplar el paisaje de árboles cuyas delgadas ramas se me figuran dibujadas con un delgado pincel chino.

Estoy en Detva, una ciudad pequeña en el Este de Eslovaquia, pero no estoy seguro de ello pues creo que me he perdido. Ayer en Banska Bystrica alguien me contaba que varios miles de soldados rumanos habían muerto en estos bosques combatiendo a los nazis en la segunda guerra mundial. Este pensamiento se apoderó de mí, secuestró mi mente y ahora me ha envuelto en oscuras cavilaciones en este bosque alguna vez cubierto de cadáveres, de sangre e infierno. Estoy perdido en mi mismo.

He vuelto de Eslovaquia, pero no he podido dejar el bosque ni mis desvaríos y el eco de mis palpitaciones y el frio en la cara permanecen. Entiendo que no es un sueño, pero no estoy seguro. En cada viaje dejo una parte de mi mismo y en cada viaje también me traigo amuletos e íconos emocionales que sólo adquieren significado en el espectro de mi vida. Hoy me he extraviado de nuevo.

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