Invisible
Invisble Hoy despedí a Omar Castillo, un joven ingeniero de cuya vida siempre supe poco y por lo mismo me sentí menos culpable. Mientras daba un furtivo paseo por el viejo, desorganizado y caótico centro de Lima, el antiguo virrreinato español, pensaba en lo exótico de la escena. Cientos de rostros desfilaban frente a mi como en una película china, con prisa y con la inabarcable suma de expresiones humanas dibujadas en ellos, rostros cuyas historias no conoceré y se sumergirán en las entrañas de la ciudad por sus calles y recovecos, en los Conos, apretados en los abigarrados callejones de las barriadas pobres de la inmensa Lima. De Omar seguramente nunca sabré mientras se convierte en otro de esos anónimos rostros del centro. Podré quizás jugar a construirle una vida, imaginarle una familia, imaginarme el rostro de su novia –tenía novia y ambos eran evangélicos y hacían votos de castidad hasta llegar al lecho nupcial- sin tener nunca prueba alguna de sus destinos. Yo también soy Omar y...