Golpe de estado en Mali (III). La huida

Tres días pasé encerrado en el Radisson. No era seguro ni prudente abandonar el hotel, aunque las mañanas algo más frescas invitaban a salir. El aeropuerto continuaba cerrado hasta nuevo aviso y el hotel había comenzado a racionar los alimentos para prevenir una posible escases en los próximos días. Las noticias raleaban y se rumoraba insistentemente que la junta de gobierno temía un contragolpe de las fuerzas de elite aun leales al presidente. El MNLA, desplegando un manejo comunicacional y tecnológico sin precedentes, anunciaba en Paris y en su pagina web que ellos no reconocían a la junta de Sanogo y que no podían sentarse a la mesa de negociaciones hasta que en Bamako hubiera un interlocutor legítimo. Aljazera reportaba nuevos y rápidos avances de los insurgentes que aprovechaban el desconcierto que imperaba en el ejército maliense. Se hablaba de soldados que abandonaban sus armas y uniformes y huían hacia el sur. Los mandos superiores del ejército habían sido relevados de sus cargos al rehusar plegarse a la causa de Sanogo. En los días siguientes, Kidal primero y luego Gao y Tombuctú, las 3 ciudades más importantes al norte de Mopti sucumbirían indefensas al asedio de las tropas combinadas del MNLA y Anser Dinar, mientras Sanogo y sus secuaces veían desvanecerse ante sus propios ojos el principal argumento invocado por el golpe: la errática conducción de la campaña contra la insurrección y la defensa de la integridad territorial del país. ¡Qué despropósito y que pérdida terrible para Mali!, no cesaba yo de repetirme. La otra cara de la medalla en tanto, justificaba el golpe de estado no sólo en la aparente ineptitud del gobierno de ATT para combatir a los touaregs y sus aliados, o en la pobre preparación y equipamiento de las tropas sino mas siniestramente, en la corrupción del gobierno y los altos mando militares que apoyaban al presidente. A pesar de haber alcanzado el gobierno por la vía democrática 2 veces consecutivas, ATT parecía enquistado en el poder y con él la infaltable camarilla de rufianes que profitaban con malas artes a su sombra y en su nombre. No todos los funcionarios eran tildados de corruptos por cierto, pero al parecer en número suficiente para que una mayoría de malienses se sintiera asqueada de la corruptela. Así, ATT parecía caer estrepitosamente de su pedestal de héroe de la república, venerado por muchos, para convertirse en un presidente desposeído de su cargo y vastamente impopular. Las cadenas de noticias anunciaban ahora que el bloque económico de Africa occidental, ECOWAS, liderado por el presidente Ouattara de Côte d'Ivoire, habían decidido sellar las fronteras de Mali, interrumpiendo el normal tránsito de bienes y servicios hacia y desde el país para presionar al Capitán Sanogo a negociar una formula democrática aceptable para que el país retornara a la normalidad constitucional a la mayor brevedad. Esta decisión revestía las más graves consecuencias para Mali, país mediterráneo cuya cadena de aprovisionamiento depende largamente de sus vecinos para poder funcionar, incluyendo el flujo de combustible y alimentos. Se estimaba que el país tenía provisiones para sobrevivir sólo un par de semanas antes que el hambre y el desabastecimiento comenzara a mermar el apoyo popular a la Junta.

Yo no cesaba de reprocharme no haber visitado Tombuctú, postergando para después, para otros de mis viajes a aquel país encantado, la famosa ciudad centro del imperio Mande. Hubiera querido recorrer sus callecitas de desierto, visitar las bibliotecas, las mezquitas, mirar siquiera a la distancia los antiquísimos volúmenes de poesía, ciencia, astronomía, matemáticas y literatura musulmana que el rey Musa atesoró al acoger a cientos de estudiosos árabes en el siglo XIV. Se estima que en Tombuctú hay unos 700.000 manuscritos medievales islámicos y de lenguas africanas antiquísimos que se mantuvieron por siglos en las casas de particulares antes que UNESCO y las donaciones de Gobiernos de otros países decidieran rescatarlos y albergarlos en sitios adecuados para su preservación.


En el hotel se hospedaban una mayoría de extranjeros, todos anclados por las mismas circunstancias en Mali, esperando el desarrollo de los acontecimientos y confiando en que el aeropuerto seria abierto para así poder volver a casa. Contrario a lo que podría esperarse, reinaba una calma aparente y todo el mudo parecía despreocupado de lo que sucedía mas allá de las puertas del hotel. Yo recibía reportes de la situación en Bamako de forma diaria,  por intermedio de nuestros servicios de seguridad, que me encargaba de compartir en conversaciones casuales, usualmente al frescor de copas de un extraordinario Pouilly Fume http://www.terroir-france.com/region/loire_pouilly.htm en el bar. Había obtenido en internet un plano del vecindario y había establecido una ruta de escape a pie hacia la embajada estadounidense, distante solo unas cuadras del hotel, en caso que la situación se deteriorara. A la madrugada del tercer día, un domingo,  la gente de seguridad me recomendó trasladarme hasta el campamento de Yanfolila pues estimaban que la situación en Bamako lejos de calmarse, parecía tornarse más volátil. El presidente ATT, se encontraba escondido en las afueras de la ciudad protegido por sus fuerzas de elite, la ilegalidad de la junta era evidente, su legitimidad tampoco había sido reconocida por ningún gobierno, las fronteras estaban cerradas y la junta no conseguía controlar los saqueos en que los soldados se veían involucrados. Los medios informaban que el combustible había comenzado a escasear y la junta había dispuesto guardias armados para los expendios de combustible. Por otra parte, lo remoto del campamento de Yanfolila ofrecía mayores garantías de seguridad y contaba con comodidades aceptables para pasar el tiempo mientras se resolvía el impasse en la nación.   Mis colegas, varios expatriados de distintas nacionalidades, se encontraban ya en el campamento lo que hacia mas fácil evacuar al grupo.

La ruta para tomar el camino con dirección a Yanfolila pasaba en grandes tramos por la ciudad misma, hacia el aeropuerto de Senou y por tanto no estaba exenta de riesgos: barricadas, puntos de chequeo de militares, potencial secuestro de vehículos y brotes de xenofobia estaban en el menú posible de riesgos. Seguridad nos informaba sin embargo que la ruta estaba tranquila y que debíamos partir sin dilación hacia Yanfolila. Cuando el plan de evacuación estuvo listo, pagué mi cuenta en el hotel, saque unos cuantos cientos de CFAs del cajero automático –pues el efectivo es siempre el mejor pasaporte--y partimos con dirección al aeropuerto. Viajábamos en 2 camionetas a cierta distancia una de otra. En la camioneta de avanzaba iban nuestros choferes malienses que conocían la ruta, con el objeto ir rastreando el camino y avisarnos de posibles problemas. La comunicación era vía teléfono celular. El viaje transcurrió extrañamente sin contratiempos. Al pasar por la ciudad, la gente continuaba su vida normal, los novios se tomaban fotos en las plazas y monumentos, los vendedores apostaban sus mercancías a la vera del camino, los imanes llamaban a la oración, la gente se vertía a la calle y pronto las hordas de motocicletas se adueñarían de las vías. La conversación era tensa en la camioneta y mi mirada permanecía clavada en el vehículo que nos precedía intentando anticipar si serian detenidos para chequear documentos. Era raro percibir que los uniformes, que hasta solo unos días atrás no revestían amenaza alguna, ahora habían cobrado un significado diametralmente opuesto. Adelante, la camioneta de avanzada era detenida en un check point –solo vimos 2—decidimos avanzar normalmente tratando de no llamar la atención, saludamos a los soldados y continuamos viaje. Por el espejo retrovisor, pudimos constatar que el otro vehículo había sido autorizado a seguir. En ciertas partes en Africa --y otros continentes--  los uniformes militares son símbolo de impunidad, de pertenecer a una especie de casta con prerrogativas sobre la ley y que pueden abusar, matar, corromper y sobornar sin temor a ser castigados. Uno aprende pronto a desconfiar de ellos y sobretodo a despreciar la pretensión de impunidad con que se conducen, como aquellos policías en Conakry, en un viaje anterior,  que deliberadamente se acercaron a nosotros, los únicos blancos en una vereda de la ciudad, para pedirnos los pasaportes. Cuál seria su disgusto y sorpresa al constatar que nosotros si cargábamos nuestros pasaportes con la visa estampada --pues nos habían advertido que era un delito salir sin ellos-- y que no podrían cobrarnos para que hicieran la vista gorda. La corrupción es un cáncer de la peor calaña. Pero en la ciudad de Bamako, en pleno golpe de estado, nuestro transito fue sorpresivamente tranquilo y tras 4 horas de viaje medio sobresaltadas, llegamos por fin al campamento de Yanfolila.

Nuestros debates se concentraron en elegir la ruta de escape y los medios. Primero, descartamos cruzar el rio Sankarani --un tributario del Niger que desagua antes en la represa de Selingue y distante un centenar de metros del campamento— la ruta mas próxima de escape y donde se encuentra la frontera con Guinea. Aunque el cauce del rio estaba bajo, y no revestía problema alguno cruzarlo, el obstáculo era que muchos no teníamos visa para ese país a lo que se unía la volatilidad política de Guinea. Del punto de cruce del rio hacia Conakry hay unas 6 o siete horas de viaje por tierra, por una ruta en mal estado y plagada de asaltantes. Por ora parte, hay solo un par de vuelos a Europa a la semana y pueden ser suspendidos sin aviso. Además, aunque este era la última de nuestras preocupaciones, tampoco es fácil encontrar alojamiento en dicha ciudad, limitándose las opciones al Novotel, un hotel de 5ta categoría en cualquier ciudad del mundo. Una opción mas atractiva, aunque demandaba una mayor operación logística, era cruzar medio país por tierra por unas 7 horas hacia el Este, hacia la frontera con Burkina Faso –el antiguo Alto Volta—país que nos ofrecía todo tipo de posibilidades pues en nuestro grupo había un par de Burkinabes que tenían amistades en las alturas del poder, lo que nos garantizaba las visas y todo tipo de comodidades. Sin embargo, nadie podía asegurarnos que un convoy de varias camionetas con pasajeros blancos, no iba a ser detenida, los vehículos confiscados y nosotros, bueno, difícil decir.  Barajamos nuestras opciones con cuidado. Nada nos apuraba, excepto las ganas de irnos a casa y la posibilidad de que si se abrían las fronteras estas se cerraran de pronto dejándonos varados en Yanfolila por un tiempo mayor. Decidimos entonces esperar a que se abrieran las fronteras y el espacio aéreo, lo que sucedería el Martes, y buscar un vuelo chárter en Bamako, para que nos llevara a Accra en Ghana, desde donde podríamos tomar vuelos a nuestros respectivos hogares. Un viejo avión Beechcraft King Air fue lo que encontramos el que nos esperaría temprano en la loza del aeropuerto de Segou la mañana del martes. El Lunes transcurrió como cualquier otro día de trabajo, excepto que una leve ansiedad calzaba secretamente al grupo. Los muchachos locales jugaron futbol con más ganas que talento, pero el despliegue físico hizo el juego muy divertido de mirar.  Esa noche, después de la cena, encendí un cigarro cubano que me habían regalado y bebimos pastis. Las informaciones que recibíamos del aeropuerto confirmaban que los vuelos se reanudarían al día siguiente. La noche fue corta, a las 5 ya sabíamos que el viaje estaba confirmado y a las 6 de la mañana salimos hacia Bamako.  Cuando despegábamos de Senou  sentimientos de alivio y de rabia me disputaban. En el avión reinaba un sliencio extraño. Yo enfundado en mis audífonos, con dos cervezas en las manos, no se si escuchaba Looking for Water de David Bowie o  If I had a rocket launcher de Bruce Cockburn, pero hoy pienso que ambas eran canciones apropiadas para la ocasión, que han fijado estos recuerdos como el soundtrack de una película.

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