Invisble
Hoy despedí a Omar Castillo, un joven ingeniero de cuya vida siempre supe poco y por lo mismo me sentí menos culpable.
Mientras daba un furtivo paseo por el viejo, desorganizado y caótico centro de Lima, el antiguo virrreinato español, pensaba en lo exótico de la escena. Cientos de rostros desfilaban frente a mi como en una película china, con prisa y con la inabarcable suma de expresiones humanas dibujadas en ellos, rostros cuyas historias no conoceré y se sumergirán en las entrañas de la ciudad por sus calles y recovecos, en los Conos, apretados en los abigarrados callejones de las barriadas pobres de la inmensa Lima.
De Omar seguramente nunca sabré mientras se convierte en otro de esos anónimos rostros del centro. Podré quizás jugar a construirle una vida, imaginarle una familia, imaginarme el rostro de su novia –tenía novia y ambos eran evangélicos y hacían votos de castidad hasta llegar al lecho nupcial- sin tener nunca prueba alguna de sus destinos.
Yo también soy Omar y soy anónimo y soy invisible. Alguna vez se lo confesé a alguien, me miró con sorpresa e incredulidad y bueno, la mayoria de la gente solo cree lo que puede ver.
Pero es verdad, soy invisible a voluntad.
Puedo mezclarme con la gente sin ser visto, sin ofrecer presa alguna que tiente a la observación y me descubra...Disfruto espiando a la gente, observandola con fruición, adivinando en cada detalle de su apariencia, en cada ademán, en la forma que se conducen entre la muchedumbre y hasta en la propia áurea que despliegan en su espacio más próximo, cómo puede ser su vida, sus angustias y placeres...
Me inmiscuyo en sus conversaciones siendo percibido apenas como una sombra ligera recortada en la noche y entonces por mis orejas desfilan toda clase de confesiones, verdaderas revelaciones que me hacen estremecer por su sórdida intimidad, exacerbada aún por los decorados con que mi imaginación febril los trastoca.
Son cientos de voces que se quedan en mi cabeza en una danza extraña que dura minutos, horas y hasta días, años.
Regurgito esas voces entremezcladas con mis propias experiencias a través de un hilillo de voz persistente que atravieza transversalmente todos mis pensamientos. El viejo y omnipresente francotirador, el de las voces que cada uno escucha en sus mas íntimos silencios.
Sí, soy invisible a la mayoría de los ojos pero apenas alguno se cruza con mi mirada, entonces soy descubierto cual vil ladrón.
2003
Hoy despedí a Omar Castillo, un joven ingeniero de cuya vida siempre supe poco y por lo mismo me sentí menos culpable.
Mientras daba un furtivo paseo por el viejo, desorganizado y caótico centro de Lima, el antiguo virrreinato español, pensaba en lo exótico de la escena. Cientos de rostros desfilaban frente a mi como en una película china, con prisa y con la inabarcable suma de expresiones humanas dibujadas en ellos, rostros cuyas historias no conoceré y se sumergirán en las entrañas de la ciudad por sus calles y recovecos, en los Conos, apretados en los abigarrados callejones de las barriadas pobres de la inmensa Lima.
De Omar seguramente nunca sabré mientras se convierte en otro de esos anónimos rostros del centro. Podré quizás jugar a construirle una vida, imaginarle una familia, imaginarme el rostro de su novia –tenía novia y ambos eran evangélicos y hacían votos de castidad hasta llegar al lecho nupcial- sin tener nunca prueba alguna de sus destinos.
Yo también soy Omar y soy anónimo y soy invisible. Alguna vez se lo confesé a alguien, me miró con sorpresa e incredulidad y bueno, la mayoria de la gente solo cree lo que puede ver.
Pero es verdad, soy invisible a voluntad.
Puedo mezclarme con la gente sin ser visto, sin ofrecer presa alguna que tiente a la observación y me descubra...Disfruto espiando a la gente, observandola con fruición, adivinando en cada detalle de su apariencia, en cada ademán, en la forma que se conducen entre la muchedumbre y hasta en la propia áurea que despliegan en su espacio más próximo, cómo puede ser su vida, sus angustias y placeres...
Me inmiscuyo en sus conversaciones siendo percibido apenas como una sombra ligera recortada en la noche y entonces por mis orejas desfilan toda clase de confesiones, verdaderas revelaciones que me hacen estremecer por su sórdida intimidad, exacerbada aún por los decorados con que mi imaginación febril los trastoca.
Son cientos de voces que se quedan en mi cabeza en una danza extraña que dura minutos, horas y hasta días, años.
Regurgito esas voces entremezcladas con mis propias experiencias a través de un hilillo de voz persistente que atravieza transversalmente todos mis pensamientos. El viejo y omnipresente francotirador, el de las voces que cada uno escucha en sus mas íntimos silencios.
Sí, soy invisible a la mayoría de los ojos pero apenas alguno se cruza con mi mirada, entonces soy descubierto cual vil ladrón.
2003

0 comments:
Publicar un comentario