Una pintura
Una Pintura
Una pintura del ascensor Polanco en la alfombra del living yace junto a otras que esperan ser ubicadas mientras maduramos los ambientes de nuestra nueva casa. el Concerto Italiano despacito enmarca la escena....un gato juega silencioso a la subida de la escala.
La noche cae suavemente sobre Colorado, el retrogusto del Partagás Dominicano y del café han apagado las luces del tinto bebido en la cena. Se deduce una atmósfera serena en casa, los niños, ya no tan niños, se afanan cada uno en sus tareas y mi mujer me echa una mirada crepuscular de vez en cuando.
No entiendo nada y a veces, por ínfimos instantes, me parece vislumbrar las claves de mi vida y el futuro como en un mapa del que, sin embargo solo alcanzo a retener un impronta levísima.
Y aquí estamos, lejos, muy lejos del horroroso Chile y es extraño todo. Resulta alienante levantarse en la mañana interrumpiendo la onírica visión de dirigirse al baño de la casa en Santiago y abrir los ojos en la ducha del baño de una casa aún extranjera, una casa de la que nos aduendamos de a sorbitos, domesticándola a pasos de formiga.
Did you get the shots?….me pregunta hostil el oligofrénico de turno de la inmigración Australiana....Shots? What shots?...Yellow fever mate…
-- Yellow fever? ....for Lima?….lo miro con ojos de huevo frito pensando: este wueón no tiene idea donde queda Perú, y probablemente piensa que Lima es algo así como selva impenetrable en la mitad del Amazonas...
--You don´t need yellow fever vaccination for Lima, do you? … me atrevo a preguntarle, --yeah mate you sure do….
Claro que sí!. Supongo que el maldito polizonte esta haciendo uso de su autoridad porque no le gustó que le dijera que leyera el maldito formulario de entrada. Y claro, pa qué te preguntan otra vez lo que ya completaste en uno de esos estúpidos formularios de inmigración.
Have you been to Africa or South America in the last 6 weeks?
Siempre me ha irritado esa pregunta. Nada contra Africa, pero con todo respeto Sud America estará atrasada en muchas cosas, incluyendo asuntos de sanidad, pero no estamos en la misma liga con Africa....aunque Mohammed, el conductor Somalí de la limosina que me lleva al aeropuerto, me habla con tanto encanto de su Africa natal y la trágica historia de su país, que cada vez creo menos en lo que acabo de decir.
Nada de ello importa porque los Australianos tienen una visión Australianocentrista del mundo y no me vengan con la chingada esa de los paralelos y los meridianos o la pinche geografía, Africa o Sudamérica son la misma cosa y punto.
Y claro después de 28 horas de viaje mi mal humor se ha amplificado anticipando estas estúpidas preguntas y la velada discriminación que la cultura provinciana de algunos australianos dispensa a los non-anglo.
Todo ello considerado, se podrá entender por qué cuando llegó mi turno en la fila y el maldito polizonte me preguntó lo que ya había respondido en el formulario no pude resistir decirle que leyera el formulario y se dejara de preguntarme wueás, total todo estaba allí.
En el mismo segundo que mi gran bocota me traicionaba y espetaba las palabras de arriba, supe que estaba en problemas.
Por fortuna tuve el juicio suficiente para echar mano a la experiencia y evité que el asunto escalara. Me puse mancito al recordar un incidente similar que me ocurrió en el aeropuerto de Rochanbois en Cayenne, Guyana Francesa, donde otro oligofrénico polizonte me mandó al calabozo insistiendo que necesitaba Visa y como no tenía me deportaría.
Ahí me quedé conjeturando que a veces es mejor callar y esperar. Y tal cual, me quedé sentado hasta que el polizonte, a la sazón negro, se dignó llamar a alguien y comprendió que había metido la pata. Si claro, me salió ese racismo Chileno velado, y qué quieren?, el negro de mierda ni siquiera murmulló un “disculpe”, cuando finalmente me abrió las puertas de ese oscuro calabozo. Me sentí como Mexicano ilegal en Arizona....
Enseguida trona los dedos el maldito HdP (hijo de puta según mi amigo Javier Zupel) y aparece otro wueón de apariencia fascistoide que amablemente me hace pasar y en un susurro me indica “wait here mate”. Al segundo aparece un perrito....lindo perrito que no es mas que otro maldito HdP que huele mi mochila de cuero con inserciones de telar comprado recien en Lima y repleto de ropa sucia...ja ja...sorry no drug-smugling you sonomabitch! Huichipirichi, lero, lero! perro de mierrrda...!
En estas ocasiones, el viajero experimentado reconoce a sus pares por la actitud. Mientras estos están siempre dispuestos a solidarizar contra las fuerzas del mal, y observan atentos pero discretos la acción, aquellos, sin mayor experiencia en estas lides, miran boquiabiertos y expectantes a la víctima que es sacada de la fila por alguna situación en apariencia irregular. Después del 11/9 en los aeropuertos todo es irregular a menos que se pruebe los contrario.
Es como subirse a un escenario donde todos los pasajeros de todos los vuelos que han llegado a Sydney te miran con cara de sospecha...OTRO TERRORISTA! UN INMIGRANTE SUDAMERICANO INDOCUMENTADO! UN TRAFICANTE DE DROGAS! UN AFRICANO, UN TERCERMUNDISTA!....Dignamente el viajero experimentado se conducirá como un caballero, con la cabeza en alto y atento a los detalles, confiando en sus múltiples recursos para salir de cualquier embrollo a pesar del cansanco deducido tras incontables horas de vuelo.
Aparece entonces un tercer wueón con una chaquetita verde y un gran cartel en la espalda que dice QUARANTINNE (“cuarentena” y no es para anunciar que ya entró en la década, sino que pertenece al servicio de agricultura australiano). Amablemente me conduce danzando por el escenario por varios metros hasta una oficina, la que toma largos minutos en abrir para hacerme entrar.
A estas alturas pienso que al momento de cruzar el dintel de esa puerta, se me abrirá un expediente, un proceso como de Kafka, oscuro, lleno de perniciosas equivocaciones cuyas consecuencias se irán revelando una a una como capas de cebolla. Dispuesto a todo, a pasar horas respondiendo preguntas idiotas, a que me encierren en un nococomio, en una sala de cuarentena llena de africanos con SIDA, TBC o el recientemente descubierto virus JPQ, a que me recluyan en esos centros de reclusión junto con los inmigrantes ilegales que llegan en botes desde Vietnam y que eufemísticamente los australianos ahora llaman “Centros de Relocación”....., a que me deporten....en fin, que me recluyan en Guantánamo porque sí..
En las actuales circunstancias en que vivimos, en que la política exterior de las potencias mundiales se ha militarizado y cada país estrangula sus fornteras para evitar el embate globalizado del terrorismo, según la propaganda oficial, casi todo es posible, al menos en la mitad de un viaje que incluye 9 aviones, 3 paises, 3 aerolineas, 2 hemisferios, 2 continentes, 6 aeropuertos, y alrededor de 60 horas de vuelo.
Pienso sin embargo que por lo menos será una deportación decorosa y que sin nada que perder, podré forcejear y hacer un buen escándalo pa la tele. “El normalmente tranquilo despertar del aeropuerto de Sydney se vió alterado esta mañana por la fenomenal batahola protagonizada por un ciudadano Chileno mientras era detenido por las autoridades. Incoherente y resistiéndose al arresto, el Chileno causó un gran revuelo en el aeropuerto internacional, gritando a viva voz que tenía todas la vacunas... Se cree que el Chileno es miembro del capítulo sudamericano de Al Quaeda....”
De pronto recuerdo que este no es el primer traspié de este viaje: mi maleta extraviada en LAX, mi sobrevivencia en Lima y las dificultades para recuperar la mentada maleta en Los Angeles en mi paso hacia Australia, fueron los primeros signos inquietantes de este viaje.
Cansado pero divertido, como abandonado a mi suerte, observo al Quarantinne guy completar un formulario amarillo. Me hace unas preguntas las que respondo con monosílabos. Me hace firmar y me explica que monitorearán mis estadía en Australia en caso que desarrolle síntomas de fiebre amarilla. Se apura en aclarar que aquello no significa que seguirán mis pasos a lo Mata Hari, pero que en caso que me enferme dentro de los próximos 6 días, me internarán seguro en un nosocomio, harán experimentos conmigo y venderán mis órganos.
Claro, justamente lo que me faltaba a esta hora de la chingada: un chistoso, joto, pinche cabrón!
Recupero mi maleta y parto al aeropuerto doméstico donde abordaré el Quantas con destino a Melbourne.
Llego a Melbourne a la medianoche. Ideal! Listo para acomodar mi reloj biológico.
El hotel Duxton en Melbourne es viejo y restaurado (bueno, uno se pone mañoso con la edás). Convenientemente ubicado en Flinders Street, entre Elizabeth Street y Queen Street, en la ribera Sur del río Yarra, es perfecto para caminar por la ciudad. Al otro lado del río, en el Southbank, se encuentra el Sheraton, donde me he hospedado en otras, mas felices ocasiones, y una infinidad de restorantes y cafes y el famoso Crown Casino complex, una serie de edficios gigantescos con un casino ídem y tiendas para turistas japoneses.
A la mañana siguiente, después de descubrir que mi restaurante favorito de sushi no abre hasta la noche, y negándome a sucumbir a la tentadora oferta de platos de la cocina mundial que se oferta en Melbourne, finalmente consigo ubicar un restaurant de sushi.
Claro, se trata de un sucucho en un subterráneo que tiene la misma atmósfera que cualquiera de los miles de restaurantes de Tokio. Pero no me importa porque parece que toda la colonia japonesa de la ciudad lo frecuenta. Por cierto, soy el único no oriental en el lugar, me felicito por la elección y para no desentonar, me pido un Chirasi.
El Chirasi está bastante bueno, pero lejos de aquel excelente del Ichiban en Santiago.
Para rematar termino con un unagui donde los filetes de anguila son grandes y muy sabrosos.
Camino de vuelta al Duxton, tengo un flashback de esas tardes en Valparaíso, a la hora de la once, cuando la gente en los cerros sale a comprar el pan con esas mallas de asas plásticas y coloridas. Las panaderías de cerro se convierten a esa hora en un centro social, donde las madres se reunen, los adolescentes que a regañadientes son enviados a comprar le echan una mirada al panorama y la empleada doméstica se encuentra con sus comadres, mientras los niños se deleitan con el pan humeante y oloroso.
El pan recién horneado y crujiente, el “pan batido” esa gran gloria porteña, llega a las mesas para acompañar el té. Recuerdo esos días con especial intensidad e instintivamente busco la presencia del mar con la mirada. El mar que enmarca todos mis recuerdos de niñez, el mar grisáceo y calmo de la tarde, la actividad en el puerto y las naves surtas en la bahía.
Desde el ascensor, pegado a la ventana contemplando esa ciudad que se le mete a uno en la cabeza, con sus olores y sus calles ridículas, el desorden estrafalario de sus casas. Esa ciudad que es como un balcón adornado que alguien le colgó al continente, se asoma al Pacífico. Valparaíso, cuyo nombre es tan famoso como Nueva York, que es entonado en todas las viejas canciones de marineros, que en mis sueños siempre flota en el aire, es es mi ciudad. Una ciudad de castillos de latón acanalado y oxidado, de ventanas sobre callejones, de escaleras misteriosas y empinadas, ciudad de rincones, de gatos y ropa colgando, de techos en ángulos imposibles, de ventarrones despiadados.
En nada se parecen Melbourne y Valparaíso.
Una pintura del ascensor Polanco en la alfombra del living yace junto a otras que esperan ser ubicadas mientras maduramos los ambientes de nuestra nueva casa. el Concerto Italiano despacito enmarca la escena....un gato juega silencioso a la subida de la escala.
La noche cae suavemente sobre Colorado, el retrogusto del Partagás Dominicano y del café han apagado las luces del tinto bebido en la cena. Se deduce una atmósfera serena en casa, los niños, ya no tan niños, se afanan cada uno en sus tareas y mi mujer me echa una mirada crepuscular de vez en cuando.
No entiendo nada y a veces, por ínfimos instantes, me parece vislumbrar las claves de mi vida y el futuro como en un mapa del que, sin embargo solo alcanzo a retener un impronta levísima.
Y aquí estamos, lejos, muy lejos del horroroso Chile y es extraño todo. Resulta alienante levantarse en la mañana interrumpiendo la onírica visión de dirigirse al baño de la casa en Santiago y abrir los ojos en la ducha del baño de una casa aún extranjera, una casa de la que nos aduendamos de a sorbitos, domesticándola a pasos de formiga.
Did you get the shots?….me pregunta hostil el oligofrénico de turno de la inmigración Australiana....Shots? What shots?...Yellow fever mate…
-- Yellow fever? ....for Lima?….lo miro con ojos de huevo frito pensando: este wueón no tiene idea donde queda Perú, y probablemente piensa que Lima es algo así como selva impenetrable en la mitad del Amazonas...
--You don´t need yellow fever vaccination for Lima, do you? … me atrevo a preguntarle, --yeah mate you sure do….
Claro que sí!. Supongo que el maldito polizonte esta haciendo uso de su autoridad porque no le gustó que le dijera que leyera el maldito formulario de entrada. Y claro, pa qué te preguntan otra vez lo que ya completaste en uno de esos estúpidos formularios de inmigración.
Have you been to Africa or South America in the last 6 weeks?
Siempre me ha irritado esa pregunta. Nada contra Africa, pero con todo respeto Sud America estará atrasada en muchas cosas, incluyendo asuntos de sanidad, pero no estamos en la misma liga con Africa....aunque Mohammed, el conductor Somalí de la limosina que me lleva al aeropuerto, me habla con tanto encanto de su Africa natal y la trágica historia de su país, que cada vez creo menos en lo que acabo de decir.
Nada de ello importa porque los Australianos tienen una visión Australianocentrista del mundo y no me vengan con la chingada esa de los paralelos y los meridianos o la pinche geografía, Africa o Sudamérica son la misma cosa y punto.
Y claro después de 28 horas de viaje mi mal humor se ha amplificado anticipando estas estúpidas preguntas y la velada discriminación que la cultura provinciana de algunos australianos dispensa a los non-anglo.
Todo ello considerado, se podrá entender por qué cuando llegó mi turno en la fila y el maldito polizonte me preguntó lo que ya había respondido en el formulario no pude resistir decirle que leyera el formulario y se dejara de preguntarme wueás, total todo estaba allí.
En el mismo segundo que mi gran bocota me traicionaba y espetaba las palabras de arriba, supe que estaba en problemas.
Por fortuna tuve el juicio suficiente para echar mano a la experiencia y evité que el asunto escalara. Me puse mancito al recordar un incidente similar que me ocurrió en el aeropuerto de Rochanbois en Cayenne, Guyana Francesa, donde otro oligofrénico polizonte me mandó al calabozo insistiendo que necesitaba Visa y como no tenía me deportaría.
Ahí me quedé conjeturando que a veces es mejor callar y esperar. Y tal cual, me quedé sentado hasta que el polizonte, a la sazón negro, se dignó llamar a alguien y comprendió que había metido la pata. Si claro, me salió ese racismo Chileno velado, y qué quieren?, el negro de mierda ni siquiera murmulló un “disculpe”, cuando finalmente me abrió las puertas de ese oscuro calabozo. Me sentí como Mexicano ilegal en Arizona....
Enseguida trona los dedos el maldito HdP (hijo de puta según mi amigo Javier Zupel) y aparece otro wueón de apariencia fascistoide que amablemente me hace pasar y en un susurro me indica “wait here mate”. Al segundo aparece un perrito....lindo perrito que no es mas que otro maldito HdP que huele mi mochila de cuero con inserciones de telar comprado recien en Lima y repleto de ropa sucia...ja ja...sorry no drug-smugling you sonomabitch! Huichipirichi, lero, lero! perro de mierrrda...!
En estas ocasiones, el viajero experimentado reconoce a sus pares por la actitud. Mientras estos están siempre dispuestos a solidarizar contra las fuerzas del mal, y observan atentos pero discretos la acción, aquellos, sin mayor experiencia en estas lides, miran boquiabiertos y expectantes a la víctima que es sacada de la fila por alguna situación en apariencia irregular. Después del 11/9 en los aeropuertos todo es irregular a menos que se pruebe los contrario.
Es como subirse a un escenario donde todos los pasajeros de todos los vuelos que han llegado a Sydney te miran con cara de sospecha...OTRO TERRORISTA! UN INMIGRANTE SUDAMERICANO INDOCUMENTADO! UN TRAFICANTE DE DROGAS! UN AFRICANO, UN TERCERMUNDISTA!....Dignamente el viajero experimentado se conducirá como un caballero, con la cabeza en alto y atento a los detalles, confiando en sus múltiples recursos para salir de cualquier embrollo a pesar del cansanco deducido tras incontables horas de vuelo.
Aparece entonces un tercer wueón con una chaquetita verde y un gran cartel en la espalda que dice QUARANTINNE (“cuarentena” y no es para anunciar que ya entró en la década, sino que pertenece al servicio de agricultura australiano). Amablemente me conduce danzando por el escenario por varios metros hasta una oficina, la que toma largos minutos en abrir para hacerme entrar.
A estas alturas pienso que al momento de cruzar el dintel de esa puerta, se me abrirá un expediente, un proceso como de Kafka, oscuro, lleno de perniciosas equivocaciones cuyas consecuencias se irán revelando una a una como capas de cebolla. Dispuesto a todo, a pasar horas respondiendo preguntas idiotas, a que me encierren en un nococomio, en una sala de cuarentena llena de africanos con SIDA, TBC o el recientemente descubierto virus JPQ, a que me recluyan en esos centros de reclusión junto con los inmigrantes ilegales que llegan en botes desde Vietnam y que eufemísticamente los australianos ahora llaman “Centros de Relocación”....., a que me deporten....en fin, que me recluyan en Guantánamo porque sí..
En las actuales circunstancias en que vivimos, en que la política exterior de las potencias mundiales se ha militarizado y cada país estrangula sus fornteras para evitar el embate globalizado del terrorismo, según la propaganda oficial, casi todo es posible, al menos en la mitad de un viaje que incluye 9 aviones, 3 paises, 3 aerolineas, 2 hemisferios, 2 continentes, 6 aeropuertos, y alrededor de 60 horas de vuelo.
Pienso sin embargo que por lo menos será una deportación decorosa y que sin nada que perder, podré forcejear y hacer un buen escándalo pa la tele. “El normalmente tranquilo despertar del aeropuerto de Sydney se vió alterado esta mañana por la fenomenal batahola protagonizada por un ciudadano Chileno mientras era detenido por las autoridades. Incoherente y resistiéndose al arresto, el Chileno causó un gran revuelo en el aeropuerto internacional, gritando a viva voz que tenía todas la vacunas... Se cree que el Chileno es miembro del capítulo sudamericano de Al Quaeda....”
De pronto recuerdo que este no es el primer traspié de este viaje: mi maleta extraviada en LAX, mi sobrevivencia en Lima y las dificultades para recuperar la mentada maleta en Los Angeles en mi paso hacia Australia, fueron los primeros signos inquietantes de este viaje.
Cansado pero divertido, como abandonado a mi suerte, observo al Quarantinne guy completar un formulario amarillo. Me hace unas preguntas las que respondo con monosílabos. Me hace firmar y me explica que monitorearán mis estadía en Australia en caso que desarrolle síntomas de fiebre amarilla. Se apura en aclarar que aquello no significa que seguirán mis pasos a lo Mata Hari, pero que en caso que me enferme dentro de los próximos 6 días, me internarán seguro en un nosocomio, harán experimentos conmigo y venderán mis órganos.
Claro, justamente lo que me faltaba a esta hora de la chingada: un chistoso, joto, pinche cabrón!
Recupero mi maleta y parto al aeropuerto doméstico donde abordaré el Quantas con destino a Melbourne.
Llego a Melbourne a la medianoche. Ideal! Listo para acomodar mi reloj biológico.
El hotel Duxton en Melbourne es viejo y restaurado (bueno, uno se pone mañoso con la edás). Convenientemente ubicado en Flinders Street, entre Elizabeth Street y Queen Street, en la ribera Sur del río Yarra, es perfecto para caminar por la ciudad. Al otro lado del río, en el Southbank, se encuentra el Sheraton, donde me he hospedado en otras, mas felices ocasiones, y una infinidad de restorantes y cafes y el famoso Crown Casino complex, una serie de edficios gigantescos con un casino ídem y tiendas para turistas japoneses.
A la mañana siguiente, después de descubrir que mi restaurante favorito de sushi no abre hasta la noche, y negándome a sucumbir a la tentadora oferta de platos de la cocina mundial que se oferta en Melbourne, finalmente consigo ubicar un restaurant de sushi.
Claro, se trata de un sucucho en un subterráneo que tiene la misma atmósfera que cualquiera de los miles de restaurantes de Tokio. Pero no me importa porque parece que toda la colonia japonesa de la ciudad lo frecuenta. Por cierto, soy el único no oriental en el lugar, me felicito por la elección y para no desentonar, me pido un Chirasi.
El Chirasi está bastante bueno, pero lejos de aquel excelente del Ichiban en Santiago.
Para rematar termino con un unagui donde los filetes de anguila son grandes y muy sabrosos.
Camino de vuelta al Duxton, tengo un flashback de esas tardes en Valparaíso, a la hora de la once, cuando la gente en los cerros sale a comprar el pan con esas mallas de asas plásticas y coloridas. Las panaderías de cerro se convierten a esa hora en un centro social, donde las madres se reunen, los adolescentes que a regañadientes son enviados a comprar le echan una mirada al panorama y la empleada doméstica se encuentra con sus comadres, mientras los niños se deleitan con el pan humeante y oloroso.
El pan recién horneado y crujiente, el “pan batido” esa gran gloria porteña, llega a las mesas para acompañar el té. Recuerdo esos días con especial intensidad e instintivamente busco la presencia del mar con la mirada. El mar que enmarca todos mis recuerdos de niñez, el mar grisáceo y calmo de la tarde, la actividad en el puerto y las naves surtas en la bahía.
Desde el ascensor, pegado a la ventana contemplando esa ciudad que se le mete a uno en la cabeza, con sus olores y sus calles ridículas, el desorden estrafalario de sus casas. Esa ciudad que es como un balcón adornado que alguien le colgó al continente, se asoma al Pacífico. Valparaíso, cuyo nombre es tan famoso como Nueva York, que es entonado en todas las viejas canciones de marineros, que en mis sueños siempre flota en el aire, es es mi ciudad. Una ciudad de castillos de latón acanalado y oxidado, de ventanas sobre callejones, de escaleras misteriosas y empinadas, ciudad de rincones, de gatos y ropa colgando, de techos en ángulos imposibles, de ventarrones despiadados.
En nada se parecen Melbourne y Valparaíso.
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