Nada que hacer. Jean Philippe preparaba la cena
mientras yo recluido en mi habitación, vagaba entre la BBC, France 24, CNN y
Aljazeera buscando noticias sobre el golpe. La búsqueda resultaba infructuosa y
frustrante pues las noticias sobre Mali eran escasas en tiempos normales, ahora
en la inmediatez del momento las noticias aparecían con cuenta gotas y no se podía
distinguir entre la realidad y los rumores. Seguramente las cadenas contactaban
a sus reporteros freelance
desperdigados entre Ouagadougou, Abidjan, Abuja, Accra, Conakri y Yamoussoukro
para conseguir que alguien explicara al mundo que diantres sucedía en Bamako y
cómo un pequeño motín de rangos menores del ejército liderado por un oscuro capitán,
en las afueras de la ciudad, había escalado hasta convertirse en una asonada
derrocando al gobierno constitucional que en 2 meses entregaría el mando en
elecciones democráticas. Mayor sinsentido imposible a menos que Sanogo el líder del movimiento se trajera algo entre manos. En horas de la noche, Aljazeera informaba que el MNLA había
iniciado una ofensiva aprovechando la crisis en Bamako y que ciertos grupos islámicos
salafistas pro AlQaeda, como Anser Dinar, se habían plegado también a la lucha,
una lucha que pretendía liberar el Azawad, el territorio ancestral de la nación
touareg. France24 reportaba saqueo de tiendas y hoteles en el centro . En el norte, en un blitzkrieg, las fuerzas combinadas de los insurgentes separatistas amenzaban Kidal.
Esa noche me dormí tarde, intranquilo porque
sabía que en la casa contigua vivía la hija de ATT y que como Serge
me había advertido, mientras él estuviera en el poder era una excelente póliza
de seguro para nuestra casa de huéspedes, pero si ATT caía, bueno, la tortilla se daría vuelta. Entre sueños
abrazaba la secreta esperanza que la luz de la mañana me despertara de un mal
sueño. Los disparos duraron hasta el amanecer. A las 6, estaba en el teléfono.
Fisgoneando tras las cortinas del segundo piso de la casa, la ciudad parecía
tranquila, algunos vehículos ignorando el toque de queda se aventuraban por la
ciudad. La gente que trabajaba en los jardines comunales cultivando vegetales y
legumbres, ya estaba regando y atendiendo sus pequeñas huertas. Aquí y allá
gente caminado en dirección desconocida. No se veían patrullas militares ni checking points lo que me daba cierta
esperanza que quizás podría volar esta noche después de todo. Ese pensamiento
me acompañó durante toda mi forzada estada en el país convirtiéndose en un
mantra, en un objetivo en si mismo, mi libertad. Es extraño como funciona la
mente, en momentos como estos donde no se tiene certeza de nada pues uno no tiene el control, la mente activa ciertos mecanismos que o lo enloquecen a uno o lo salvan. En mi
caso, yo no estaba para autoinmolaciones y tomé concientemente la decisión de permanecer tranquilo, de establecer
una rutina para mantenerme ocupado, de trabajar, de responder mi
correspondencia largamente postergada y prepararme para una larga estadía. Yo
era el único expatriado de mi Compañia en Bamako esa semana, mientras el resto de mis colegas
se habían replegado al campamento donde estaban seguros, tenían agua,
alimentos, vehículos y comunicaciones. Repasé mentalmente la lista de pertrechos para sobrevivir en la casa de huespedes: había alimentos y agua para unos 5 dias.
Mi maleta permanecería empacada todo el tiempo en
caso que tuviera que evacuar sin demora. Con meticulosidad mantenía todo en su lugar; me aseguraba de mantener el laptop y el teléfono con sus baterías
cargadas todo el tiempo. Lamentaba a esas horas no haber traido el teléfono satelital, que en un arranque de confianza en la estabilidad del país, habia dejado en casa, pero ahora me sería indispensable si se cortaban las comunicaciones. Evaluaba las posibilidades de refugiarme en la embajada norteamericana a unas cuadras de la casa de huéspedes. Echando mano a mis recuerdos de infancia, allá en el Chile de 1973, me dispuse a ser testigo de las purgas de los opositores de la nueva junta de gobierno, los fusilamientos, las detenciones arbitrarias, las torturas, las desapariciones, las horas de himnos marciales en la TV. Acostumbrado a evaluar escenarios, pensaba en el "worst case scenario" lo peor que podía pasar, y era muy posible que la soldadesca saqueara la casa de huéspedes, que me interrogaran por mis pasaportes, que me deportaran. A las 7 de la mañana, un griterío en la calle me hizo volar por las
escaleras al segundo piso desde donde podía espiar hacia la calle. Perplejo
pude comprobar que se trataba de la soldadesca golpista que disparando ráfagas
al aire llegaban a detener a la familia del presidente ATT en la casa de al
lado. Los disparos se acentuaron, chocaban contra el muro medianero que separaba ambos
patios. Pude ver como entraban y maltrataban al personal doméstico, se llevaban
comida. Todo el ajetreo duró unos 30 minutos que parecieron horas. Decidí
entonces, era obvio, que la casa de "seguridad" donde me encontraba había dejado
de serlo y que probablemente los soldados volverían a saquear las casas del
vecindario empezando por aquella donde me encontraba. Debía actuar rápido, tomar las decisiones correctas.
Pero ¿dónde ir? Había toque de queda y los soldados tenían orden de matar. Además
un extranjero blanco, portando un pasaporte odiado como el estadounidense y
rompiendo el toque de queda, era un gran riesgo, pero por más que
pensaba no veía mas alternativa que salir de ahí de una vez. Souleiman, el
chofer, tenía orden de permanecer conmigo y llevarme donde se determinara. El
cocinero, que había llegado temprano también, me decía que la ciudad capital
estaba tranquila y que todo había terminado, que me quedara en la casa, que estaría mejor ahí. Sin embargo los hechos de la mañana habían
encendido una luz de alerta. La gente de seguridad en Perth, me sugería mudarme
a un hotel internacional cercano, pero en Bamako hay apenas un puñado de estos
y la mayoría esta en el centro de la ciudad y era ahí precisamente donde estaba
el peligro mayor.
Me acordé entonces del hotel Radisson Blu http://www.radissonblu.com/hotel-bamako.
Hamdallaye es el barrio nuevo de Bamako, donde se concentran la mayoría de los
edificios privados nuevos de la ciudad. Locales comerciales de vidrio y acero
en fuerte contraste con las abigarradas callecitas estrechas y atochadas
alrededor de la mezquita mayor que conforman el centro de la ciudad. La
embajada norteamericana, una inmensa mole de cemento, rodeada de rejas y cámaras
esta en Hamdallaye. Por suerte yo sabía que sólo unas cuadras separaban al
hotel de la casa de huéspedes, llamé y providencialmente tenían habitaciones disponibles y reservé una habitación, un buen presagio
pensé. El operativo de traslado fue ejecutado
sin contratiempo, ayudado por la adrenalina que controlaba mi cerebro. Dudé entre caminar o ir en la camioneta 4x4 al hotel, pues las noticias reportaban el robo de vehículos civiles en las calles por los militares. Estudiamos la ruta más directa al hotel, acordamos ir a una velocidad normal, inspeccionamos las afueras de la casa para percatarnos que no habían soldados. Dije adiós a Jean Philippe y teléfono en mano --en caso que tuviera informar a alguien de prisa--, partimos. Fue un viaje corto, pero a la vez uno de los mas largos, de mucha ansiedad. En cada esquina esperábamos encontrar una
patrulla y ser detenidos. Al menos esa era la película que yo me pasaba.
Felizmente llegamos al hotel tras recorrer unas cuadras de calles semidesiertas,
agradecí e instruí a Souleiman para que llevara el vehículo de vuelta a la casa de huéspedes
y se fuera a casa. Una vez en mi habitación, con las comodidades habituales
de un hotel occidental, pensé que necesitaba un trago, pero me contuve pensando
que el alcohol solo disminuiría mis reflejos en caso de un eventual escape. Me
dispuse a trabajar y transcurrieron una o quizás dos horas cuando un llamado de
teléfono me sobresaltó...Alo?..."sólo para informarte que la casa de huéspedes
fue saqueada por soldados una hora después que te fuiste ....buena decisión
tomaste". Serán siempre sólo elucubraciones las que pueda aventurar sobre
lo que me podría haber sucedido si no hubiese salido de la casa de huéspedes,
pero me alegré de no estar allí. Los soldados llegaron buscando combustible, comida, dinero, cualquier cosa y terminaron llevándose un refrigerador pequeño. El pobre Jean Philippe tuvo que negociar para que no le robaran su laptop, pero aparte del maltrato, nada le sucedió.
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