Arroz, mas arroz!

Sentado en la semi penumbra del magnífico lobby-bar del Hotel Shangri-La de Edsa, en Manila sorbiendo mi gin and tonic (Tanqueray) vespertino de rigor, se me entrecruzan las imágenes de mis últimos viajes desde Kyrgysztan. Por allí desfilan aquellas de las playas sucias de Accra, las borracheras en el bar del Labadi Beach y los habilidosos lagartos come-bichos; las emotivas imágenes de la televisión colombiana tras la liberación de Betancourt, el snorkeling maravilloso con Vicente en las Islas del Rosario y las caminatas por los recovecos históricos de Cartagena, bajo un calor implacable. Por último, e imponiéndose sobre aquellas, sin duda ayudadas por el efecto del G&T, las poderosas y frescas imágenes de las profundidades intestinas de Filipinas. Por cierto, es tarde en Denver y me he bebido el vino de modo que no exijan, estimados lectores el rigor acostumbrado --si se puede decir. Manila me recuerda mucho ciertos sectores de Lima, Bogotá, Buenos Aires, Sao Paulo, Santiago y sus atochamientos, producto de un tráfago legendario e infernal. Un conductor de taxi, se apresura en aclarar sin embargo que el tráfico ha mejorado notoriamente estos días debido al encarecimiento del combustible. Gloria Macapagal Arroyo, la señora Presidente ha encomendado sendas auditorías a las empresas importadoras de combustible para ver quién debe pagar los platos rotos, pues no es de su gobienro la culpa. Manila me sorprende como una especie de capital sudamericana enquistada por caprichos geopolíticos, a la deriva del Asia, definitivamente tercermundista, es decir, con desarrollo económico desigual, salpicada igualmente por bolsones de riqueza y modernidad acinturados por bolsones de pobreza que cobijan a la cada vez mayor población de recién llegados inmigrantes del campo. En Filipinas existe una tradicional diáspora de inteligencia hacia otros lugares en el mundo donde los talentos tiene mayor cabida y reconocimiento. Una de las mayores entradas de divisas del país proviene de los millones de Filipinos desperdigados por el mundo que envian dinero a sus familiares. Sorprende el espíritu emprendedor de estos gentiles ciudadanos que de bobalicones no tiene un gramo.Dejando a regañadientes y a tirones las maravillosas instalaciones del Shangri-La, uno emprende un viaje por regiones bastante menos afortunadas del país, internándose por carreteras angostas y sinuosas copadas por transeúntes y miles de motos con sidecars qu circulan desordenamente por los también miles de pueblitos que parecen alineados unos junto a otros, a lo largo de la carretera que cruza la isla de Luzon. A lado y lado, impresionantes vastedades de campos de arroz trabajados sin descanso hasta que se agota la tierra. Pero el arroz es indispensable en la dieta de los Filipinos y de cualquier nación de la grande madre asiática, de modo que no hay pero que valga cuando se trata de comer. Las estadísiticas indican que el 45% de la nación vive con menos de $2 dólares diarios y aquello es verificable en grandes extensiones de Luzon, al punto que me siento un agresor viajando en el recién estrenado Forerunner (el antiguo Four Runner de Toyota) con aire acondicionado y cómodos asientos de cuero, fizgoneando a través de las ventanas oscurecidas. Perros, pollos, niños y ciclistas que se cruzan sin aviso hacen que el viaje sea una agonía extraña.
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