El gesto y el moviento de manos usado universalmente para despedirse a la distancia, es lo último que puedo distinguir desde la ventanilla del vuelo de BMI con destino a Londres. El aeropuerto internacional de Manas en Bishkek, es pequeño pero funcional aunque tiene ese aire de incertidumbre que le imprimen las autoridades de países donde el libre tránsito de personas estuvo o está restringido. Bishkek es la capital de la actual República de Kyrgyzs, antigua República Soviética de Kyrgyzstán que tras la caída de la URSS, decidió en un extraño y cauteloso acto independizarse en 1991 sin desligarse del partido comunista soviético.
En la realidad de estos días, este comentario suena un tanto absurdo pues no hay aeropuerto en el mundo --y vaya que conozco varios-- donde no le hagan sentirse a uno a expensas del poder, sometido a arbitrarias decisiones de los encargados de seguridad, los oficiales de inmigración, los de aduanas e incluso los taxistas que pugnan por agarrar pasajeros y cobrarles según le vean la cara, el acento y la ropa.
En la realidad de estos días, este comentario suena un tanto absurdo pues no hay aeropuerto en el mundo --y vaya que conozco varios-- donde no le hagan sentirse a uno a expensas del poder, sometido a arbitrarias decisiones de los encargados de seguridad, los oficiales de inmigración, los de aduanas e incluso los taxistas que pugnan por agarrar pasajeros y cobrarles según le vean la cara, el acento y la ropa.
Pero hay países, donde por lo menos yo siento que no sólo es complicado entrar (EEUU, los países africanos y Australia) donde le miran a uno el pasaporte, le interrogan, fotografian, toman huellas dactilares y le tratan como prisionero de Guantánamo...sino también como que no lo quieren dejar salir y le vuelven a mirar el pasaporte, a examinarlo detenidamente y por largos minutos uno se siente como que en cualquier instante lo arrojarán en un calabozo maloliente. Uno se siente vulnerable y sobretodo intimidado por estos agentes del poder que pueden instantáneamente suspenderle a uno --que no ha hecho mas que visitar el país y pagar impuestos-- sus derechos civiles sin otro pretexto que el de la sospecha.
A menos que uno sea pelotudo, distraído o inexperto y se le ocurra llevar en el equipaje cualquiera de los objetos de la larga lista de objetos prohibidos, sea decididamente imbécil como para portar armas o sea un criminal buscado por interpol, en realidad no hay motivo para tanta paranoia. Los aeropuertos de hoy son verdaderas barreras que estrangulan la libertad de tránsito internacional bajo el pretexto de la seguridad nacional. Si fuera por eso, hay pruebas innumerables instigadas por la propia Transport Security Agency, que demuestran que a pesar de la parfernalia de rayos X, máquinas biovolumétricas, palpaciones íntimas etc los que quieren pasar armas y explosivos, las pasan igual.
No hay que olvidar que en los setentas a algunos locos les dió por secuestrar aviones con objetivos políticos, y a nadie se le ocurrió entonces imponer las barreras que hoy sufrimos en los aeropuertos. Pero mucha agua ha pasado bajo el puente y en los setentas nunca tuvimos un 9-11. La proclama emblemática que pretendían los atacantes de Nueva York, sólo ha traído mas dolor y miseria al mundo y ha dado pábulo para una reorganización vastísima del Estado policiaco que se cierne ahora sobre nosotros. Todo ha cambiado, pero para peor. Del pretendido emblema solo queda el recuerdo del horror.
A menos que uno sea pelotudo, distraído o inexperto y se le ocurra llevar en el equipaje cualquiera de los objetos de la larga lista de objetos prohibidos, sea decididamente imbécil como para portar armas o sea un criminal buscado por interpol, en realidad no hay motivo para tanta paranoia. Los aeropuertos de hoy son verdaderas barreras que estrangulan la libertad de tránsito internacional bajo el pretexto de la seguridad nacional. Si fuera por eso, hay pruebas innumerables instigadas por la propia Transport Security Agency, que demuestran que a pesar de la parfernalia de rayos X, máquinas biovolumétricas, palpaciones íntimas etc los que quieren pasar armas y explosivos, las pasan igual.
No hay que olvidar que en los setentas a algunos locos les dió por secuestrar aviones con objetivos políticos, y a nadie se le ocurrió entonces imponer las barreras que hoy sufrimos en los aeropuertos. Pero mucha agua ha pasado bajo el puente y en los setentas nunca tuvimos un 9-11. La proclama emblemática que pretendían los atacantes de Nueva York, sólo ha traído mas dolor y miseria al mundo y ha dado pábulo para una reorganización vastísima del Estado policiaco que se cierne ahora sobre nosotros. Todo ha cambiado, pero para peor. Del pretendido emblema solo queda el recuerdo del horror.
A pesar de esta vida nómade de la Gira Mundial, nunca antes sentí temor en la cabina de un avión, hasta ahora. Habíamos despegado de Heathrow y la cabina de Business iba semi vacía. Después del 9-11, la paranoia existente me impulsó a observar a los pasajeros de cada vuelo, con mayor atención para ver si alguno parecía sospechoso, según mis parámetros. El tiempo demostró que aquello es imposible.
El vuelo de BMI de Londres a Bishkek hace escala en Yerevan, Armenia, de modo que los pasajeros eran de origen bien diverso. Un par de asientos detrás mío, se sentó un tipo calvo de mediana estatura, semi afeitado, cuya indumentaria no parecía comprada en Londres. En realidad, eso no significa nada pues Londres está lleno de extranjeros que visten con los atuendos mas diversos. Lo que me llamó la atención de este tipo fue su mirada, semi extraviada pero intensa y sus maneras bruscas, "un extranjero de vuelta a casa" pensé.
Cuando por fin alcanzamos los 38,000 pies, el piloto apagó las luces de cinturones de seguridad y la tripulación servía la cena, este tipo abandonó su asiento con paso raudo hacia la parte delantera del avión, pasó a los tripulantes que se encontraban ocupados con las bandejas e intentó abrir la puerta de acceso a la cabina de mando. Su rapidez, las maneras bruscas y decididas alertaron mi cerebro y la adrenalina fluyó a raudales. Los tripulantes miraban incrédulos pero pronto se repusieron y lo interrogaron. Pude ver su cara de alivio cuando el tipo se metió al baño. Había sido un equivocación. Todo fue demasiado rápido, mientras esto ocurría yo ya había tomado el cuchillo de mi bandeja y estaba determinado a intervenir para eliminar al intruso si era necesario. En mi reflexión, era mejor atacar que quedarse impávido mientras el otro nos mataba a todos. Lo mismo le debe haber pasado a los desafortunados pasajeros del 9-11 cuyas vidas les fueron arrebatadas por una manga de locos fanáticos homicidas.
En fin, Bishkek es uno de esos lugares donde no es fácil irse. Estando frente al oficial de inmigración mientras este da vueltas las páginas del pasaporte como si nunca hubiera visto uno, alterna la mirada entre mi rostro y el pasaporte, el pasaporte y mi rostro como para asegurarse que el de la foto soy yo y luego chequea el computador por largos minutos, se siente vívidamente un cosquilleo inconfortable sin saber qué esperar. En varios países africanos me ha pasado que estos oficiales tienen temperamentos explosivos y a la menor contrariedad en una respuesta, descargan en uno una rabia tal que sólo es atribuible al resentimiento. Tal característica es también observable en otros lugares, como en EEUU donde se les instruye a los oficiales de inmigración ser inquisitivos hasta provocar al visitante para ver su reacción, pero en este caso hay también una línea delgada entre la provocación y el abuso.
Un sentimiento de alivio se apodera de mi una vez recibido el pasaporte de vuelta. Sentado en el avión, sorbiendo una copa de Heidisiek, paseo mi vista por los letreros del aeropuerto международного аэропорта "Манас", Бишкек. A los lejos, un anónimo residente hace señas de despedida a otro anónimo pasajero, como si pudiera verlo por las pequeñas ventanillas del Airbus.

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