En el Lekgotla
El hombre solo murmura en la vastedad
El te habló, no lo escuchaste.
Sentado a la mesa, sorbe la sopa
devorando tempestades.
Es temprano aún en el anochecer de Johannesburg. Allá en el lado norte de la ciudad, en el distrito de Sandton City, en la Nelson Mandela Plaza está el Lekgotla, un restaurant de la nueva cocina étnica Africana, cuya decoración y ambiente son cautivantes, aunque quizás con un estilo demasiado ecléctico y refinado, a prueba de turistas. No es sin embargo la comida, también ecléctica y refinada pero sin personalidad, ni la atención esmerada, ni siquiera los puros cubanos --con mojito y todo que pude saborear al final de la noche-- lo que me llama la atención.
Es la gente.
En Estados Unidos se ufanan de la representación multicultural y étnica de su demografía y llaman al país el melting pot, el crisol de razas, pero en el Tercer Mundo, en muchos países de Africa, de Sudamérica, del Medio Oriente, del Asia han coexistido por centurias multitud de naciones y razas mas o menos acordonadas por las fronteras y vaivenes geopolíticos. Sólo en Sudáfrica hay 11 idiomas oficiales que representan el equivalente número de naciones unificadas en el Estado Nacional, sus símbolos y orden económico, político y social.
Los sudafricanos y su multitud de naciones y lenguas, fundidas a punta de fuego y sangre por los colonizadores daneses primero, ingleses después finalmente los afrikaans, es lo que me seduce y lo que me mantiene con todas las luces encendidas para poder trazar una imagen mental en esta, mi primera visita al continente negro.
En esos devaneos me encuentro, solo en una mesa que deseo se haga invisible para poder espiar tranquilo a los comensales, cuando se aparece Dennis un músico zwuazilandés que vestido con un tocado de plumas me pregunta si quiero escuchar una canción…sure..what is the song about...? Habla bajito Dennis, como la mayoría de los africanos que conocí, como temiendo importunar…it is a song of joy, a story about celebration where everybody is happy around a nice cake…hope you like it.... y se larga a cantar la canción en su lengua, una canción que suena hermosa aunque no sepa lo que dice, acompañado de un instrumento de percusión como una marimba pequeña instalada en una gran calabaza hueca. Dennis canta con un susurro suave evocando parajes lejanos de su tierra, de su historia humana y ese misterio profundo e incomprensible que es Africa.
Sudáfrica es la Singapore de Africa, una especie de puente cultural y político enquistado al sur del continente. Un país donde la cultura dominante es occidental, con una historia terrible de segregación racial y violencia institucional, donde el advenimiento de la democracia instaló al primer presidente negro de su historia, Nelson Mandela, quien personificó los sueños de justicia de la abrumadora mayoría negra. Mandela tuvo muchos aciertos y como todos los grandes también cometió errores, pero su paso a la historia está asegurado por la veneración que hoy disfruta el padre de la patria negra.
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Entre los mayores méritos de Mandela y sus sucesores está el haber evitado la venganza de la mayoría negra contra sus opresores, la minoría blanca, la guerra civil, el desmoronamiento del Estado y el fraccionamiento del país en pequeñas naciones-estados. Esa era mi apuesta y seguro la de muchos cuando Mandela asumió, por allá en la mitad de los 90s. Antes de eso Sudáfrica era un patchwork de imágenes de Soweto, de lucha callejera, de tonton macutes, Biko la película, las condenas de las NU, del Apartheid, de las casitas segregadas por sexo que Oppenhaimer mandó a construir en Soweto para los mineros negros durnte el rush del oro, la matanza de escolares en Soweto en Junio del 86 y así, imágenes duras de TV.

El pánico que sobrevino a la minoría blanca con la llegada al poder de Mandela hizo que los negocios y empresas ubicadas en modernos edificios del centro de Johhanesburg, migraran hacia el norte de la ciudad donde se construyeron mini centros cívicos como Sandton City o Rosebank, verdaderos ghetos de blancos. El centro entonces quedó vacío tras el éxodo blanco y como ya no había visitantes de negocios los hoteles cerraron, las tiendas bajaron sus cortinas, los enormes edificios de oficinas quedaron vacíos como fantasmas erguidos en una selva de cemento. Paulatinamente nuevos inquilinos se fueron albergando en el deshabitado centro, aprovechando las instalaciones. Los negros pobres, familias enteras, abuelos, nietos, padres, hijos, tíos, junto con drogadictos, putas, borrachos y ciudadanos del desdeñado peldaño inferior de la escala social, de pronto se vieron acomodados en elegantes, pero abandonadas habitaciones de hoteles antaño lujosas, oficinas de la presidencia de grandes empresas, de gerentes generales, reductos construidos para aquellos precisamente encaramados en el extremo opuesto de la oprobiosa escala.
Si uno visita en centro hoy, notará 2 cosas a lo menos: multitud de pequeños negocios del tipo “Little India”, es decir de comerciantes de esa nacionalidad que han visto una oportunidad para vender su mercancía entre los menesterosos nuevos urbanos habitantes. También notará la ausencia abismal de blancos quienes no se atreven aún a regresar al centro por temor de ser asaltados. Es una ciudad fantasma, a oscuras. El Gobierno local, decidido a revivir el centro con miras al mundial de fútbol del 2010, ha destinado cuantiosos fondos a recuperar los espacios perdidos. Alguien me contaba que las agencias de bienes raíces, propietarias contumaces de muchos edificios hoy ocupados ilegalmente, estaban contratando agencias de seguridad especializadas en desalojar edificios de sus indeseables inquilinos. La escena descrita era mas o menos la siguiente: helicópteros sobrevolando el edificio, carros celulares llenos de guardias privados que se estacionaban en las cercanías y se apostaban prestos a iniciar el desalojo. De los helicópteros se lanzaban cuerdas por las que se deslizaban agentes copando los techos. A una señal todos los operativos iniciaban el desalojo puerta a puerta, piso a piso, sacando a todos a la fuerza, lanzando pertenencias por las ventanas, perseguidos como ratas. Dependiendo del tamaño del edificio y del numero de inquilinos la acción podía prolongarse por horas hasta que al final, la calle quedaba regada de enseres y de gentes que ya no tenían donde vivir. Pretty nice.
Muchos blancos me recomendaron hacer un tour a Soweto y claro, había que ir, por la historia, por mi iconografía secreta, pero aparte de encontrar las casas de Mandela, el memorial a los jóvenes caídos, la casa de Desmond Tutu, caminar las calles por donde se levantaron las barricadas, sólo ví miseria, la misma pobreza familiar de favelas, poblaciones callampas o villas miserias, las mismas miradas desilusionadas de la vida.
De vuelta en la comodidad del hotel, en un mullido sillón del bar, sintiéndome afortunado, ilusoriamente protegido del despiadado mundo de allá afuera, me acuerdo del Lekgotla y quiero otra vez hacerme invisible.
El te habló, no lo escuchaste.
Sentado a la mesa, sorbe la sopa
devorando tempestades.
Es temprano aún en el anochecer de Johannesburg. Allá en el lado norte de la ciudad, en el distrito de Sandton City, en la Nelson Mandela Plaza está el Lekgotla, un restaurant de la nueva cocina étnica Africana, cuya decoración y ambiente son cautivantes, aunque quizás con un estilo demasiado ecléctico y refinado, a prueba de turistas. No es sin embargo la comida, también ecléctica y refinada pero sin personalidad, ni la atención esmerada, ni siquiera los puros cubanos --con mojito y todo que pude saborear al final de la noche-- lo que me llama la atención.
Es la gente.
En Estados Unidos se ufanan de la representación multicultural y étnica de su demografía y llaman al país el melting pot, el crisol de razas, pero en el Tercer Mundo, en muchos países de Africa, de Sudamérica, del Medio Oriente, del Asia han coexistido por centurias multitud de naciones y razas mas o menos acordonadas por las fronteras y vaivenes geopolíticos. Sólo en Sudáfrica hay 11 idiomas oficiales que representan el equivalente número de naciones unificadas en el Estado Nacional, sus símbolos y orden económico, político y social.
Los sudafricanos y su multitud de naciones y lenguas, fundidas a punta de fuego y sangre por los colonizadores daneses primero, ingleses después finalmente los afrikaans, es lo que me seduce y lo que me mantiene con todas las luces encendidas para poder trazar una imagen mental en esta, mi primera visita al continente negro.
En esos devaneos me encuentro, solo en una mesa que deseo se haga invisible para poder espiar tranquilo a los comensales, cuando se aparece Dennis un músico zwuazilandés que vestido con un tocado de plumas me pregunta si quiero escuchar una canción…sure..what is the song about...? Habla bajito Dennis, como la mayoría de los africanos que conocí, como temiendo importunar…it is a song of joy, a story about celebration where everybody is happy around a nice cake…hope you like it.... y se larga a cantar la canción en su lengua, una canción que suena hermosa aunque no sepa lo que dice, acompañado de un instrumento de percusión como una marimba pequeña instalada en una gran calabaza hueca. Dennis canta con un susurro suave evocando parajes lejanos de su tierra, de su historia humana y ese misterio profundo e incomprensible que es Africa.
Sudáfrica es la Singapore de Africa, una especie de puente cultural y político enquistado al sur del continente. Un país donde la cultura dominante es occidental, con una historia terrible de segregación racial y violencia institucional, donde el advenimiento de la democracia instaló al primer presidente negro de su historia, Nelson Mandela, quien personificó los sueños de justicia de la abrumadora mayoría negra. Mandela tuvo muchos aciertos y como todos los grandes también cometió errores, pero su paso a la historia está asegurado por la veneración que hoy disfruta el padre de la patria negra.´
Entre los mayores méritos de Mandela y sus sucesores está el haber evitado la venganza de la mayoría negra contra sus opresores, la minoría blanca, la guerra civil, el desmoronamiento del Estado y el fraccionamiento del país en pequeñas naciones-estados. Esa era mi apuesta y seguro la de muchos cuando Mandela asumió, por allá en la mitad de los 90s. Antes de eso Sudáfrica era un patchwork de imágenes de Soweto, de lucha callejera, de tonton macutes, Biko la película, las condenas de las NU, del Apartheid, de las casitas segregadas por sexo que Oppenhaimer mandó a construir en Soweto para los mineros negros durnte el rush del oro, la matanza de escolares en Soweto en Junio del 86 y así, imágenes duras de TV.

El pánico que sobrevino a la minoría blanca con la llegada al poder de Mandela hizo que los negocios y empresas ubicadas en modernos edificios del centro de Johhanesburg, migraran hacia el norte de la ciudad donde se construyeron mini centros cívicos como Sandton City o Rosebank, verdaderos ghetos de blancos. El centro entonces quedó vacío tras el éxodo blanco y como ya no había visitantes de negocios los hoteles cerraron, las tiendas bajaron sus cortinas, los enormes edificios de oficinas quedaron vacíos como fantasmas erguidos en una selva de cemento. Paulatinamente nuevos inquilinos se fueron albergando en el deshabitado centro, aprovechando las instalaciones. Los negros pobres, familias enteras, abuelos, nietos, padres, hijos, tíos, junto con drogadictos, putas, borrachos y ciudadanos del desdeñado peldaño inferior de la escala social, de pronto se vieron acomodados en elegantes, pero abandonadas habitaciones de hoteles antaño lujosas, oficinas de la presidencia de grandes empresas, de gerentes generales, reductos construidos para aquellos precisamente encaramados en el extremo opuesto de la oprobiosa escala.
Si uno visita en centro hoy, notará 2 cosas a lo menos: multitud de pequeños negocios del tipo “Little India”, es decir de comerciantes de esa nacionalidad que han visto una oportunidad para vender su mercancía entre los menesterosos nuevos urbanos habitantes. También notará la ausencia abismal de blancos quienes no se atreven aún a regresar al centro por temor de ser asaltados. Es una ciudad fantasma, a oscuras. El Gobierno local, decidido a revivir el centro con miras al mundial de fútbol del 2010, ha destinado cuantiosos fondos a recuperar los espacios perdidos. Alguien me contaba que las agencias de bienes raíces, propietarias contumaces de muchos edificios hoy ocupados ilegalmente, estaban contratando agencias de seguridad especializadas en desalojar edificios de sus indeseables inquilinos. La escena descrita era mas o menos la siguiente: helicópteros sobrevolando el edificio, carros celulares llenos de guardias privados que se estacionaban en las cercanías y se apostaban prestos a iniciar el desalojo. De los helicópteros se lanzaban cuerdas por las que se deslizaban agentes copando los techos. A una señal todos los operativos iniciaban el desalojo puerta a puerta, piso a piso, sacando a todos a la fuerza, lanzando pertenencias por las ventanas, perseguidos como ratas. Dependiendo del tamaño del edificio y del numero de inquilinos la acción podía prolongarse por horas hasta que al final, la calle quedaba regada de enseres y de gentes que ya no tenían donde vivir. Pretty nice.
Muchos blancos me recomendaron hacer un tour a Soweto y claro, había que ir, por la historia, por mi iconografía secreta, pero aparte de encontrar las casas de Mandela, el memorial a los jóvenes caídos, la casa de Desmond Tutu, caminar las calles por donde se levantaron las barricadas, sólo ví miseria, la misma pobreza familiar de favelas, poblaciones callampas o villas miserias, las mismas miradas desilusionadas de la vida.De vuelta en la comodidad del hotel, en un mullido sillón del bar, sintiéndome afortunado, ilusoriamente protegido del despiadado mundo de allá afuera, me acuerdo del Lekgotla y quiero otra vez hacerme invisible.

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