AntesdeAyerViernes: En San Francisco I
Señores pasajeros, el capitán de la nave ha solicitado preparar la cabina para el despegue. Sírvanse por favor enderezar los asientos, abrocharse los cinturones de seguridad, guardar las mesitas enfrente de ustedes, apagar los aparatos electrónicos como celulares, CDs, PDAs y todo otro aparato que pueda interferir las comunicaciones del avión....respirar hondo, y sumergirse en la lectura del pasado. Un regalo de Jorge, en AntesdeAyerViernes citado en La Coctelera:
En San Francisco I.
"se arremangó la camisa blanca de algodón con una sonajera de tela friccionada. Con lentitud acercó el vaso a su boca y sorbió la espuma tibia que precedía a la cerveza. Sintió como el líquido frío le inundaba el gaznate y bajaba lentamente aplacando la sed que le incendiaba por dentro. Hundió sus dedos en el cabello mojado repasando el peinado a la lengua de vaca que minutos antes se había hecho para refrescárselo.
Lo sé bien, padezco de fijaciones, tengo vocación de obseso y todo aquello que me obsesiona es elevado con cierto arte a alturas superiores, de manera inmediata. Y aunque luego estas obsesiones caigan estrepitosamente, siempre vale la pena ese chorro de adrenalina, ese despliegue de avasallante energía. Sí, creo saber como es, lo he sentido, pero como tu dices, parece ser energía desperdiciada, porque a menudo el objeto de tus obsesiones se desinfla con la misma rapidez con que nace.... bueno, sí son como enamoramientos repentinos, violentos y viscerales que parecieran tener la fuerza genuina del amor mientras duran los destellos. Déjame que te cuente otra cosa: "
En San Francisco, la era de la Navidad. Camino en Union Square sólo por el deleite de hacerlo, por las ganas de vagar por esas calles inclinadas, mirando vitrinas y las gentes del lugar, devorando imágenes.
Caí sin pensarlo, por pura intuición, en este sector de la ciudad. En otras oportunidades, había recorrido algunos sitios obligados para el visitante, Chinatown, Alcatraz, the Fisherman´s Wharf había cruzado el Bay Bridge, el Golden State y los otros puentes, bebido café en las terrazas etc, pero siempre me quedé con gusto a poco, a apuro. Y todavía.
Llegué en un vuelo de United desde Sydney. Un vuelo de unas 13 horas, infernal por donde se lo mire aunque uno viaje como corresponde, en la business de los 777 tomándose todo lo que pueda, tragándose pastillas para dormir, flirteando con alguna auxiliar --aunque la mayoría sea dejadita de la mano de Dios-o viendo las mismas películas por quinta vez. Además, los famosos 777 son incómodos, asientos mal diseñados y de material barato. Eso en la ejecutiva, porque en la económica mejor ni pensar en dormir, a menos que uno sea fakir o pueda enrollarse las piernas en el cuello. Eso, si sobrevive la comida flatulenta y especiosa, efectos particularmente incómodos en espacios públicos y confinados.
Acaricié esta parada desde mi partida de SinCity. El periplo por Australia fue intenso y por lo mismo, agotador y San Francisco resplandecía en la Gira Mundial como un oasis y una recompensa. Imagínense ahora: sushi bars en todas partes, salas de teatro en cada esquina, viejos edificios reciclados a la gringa, grandes nombres de hoteles en edificios venidos a menos pero no por eso menos suntuosos, cafeterías de los años cincuenta con esas barras metálicas y refulgentes como carátula de Supertramp, tranvías, gentes de puerto, galerías de arte, tiendas de moda soberbias y exclusivas todo ello recortado sobre el gran telón del Pacífico susurrando incansable a lo lejos. Un paraíso para este humilde ciudadano de la gloriosa SinCity!.
Si hasta la algarabía del tumulto en plena demencia navideña y el frío y la lluvia que se dejaban caer en la ciudad, me parecían fascinantes y atractivos!
Esta es una ciudad mágica, una selección fina y decidida en mi iconografía de ciudades. San Francisco ejerce tal fascinación que me quedaría sin pensarlo. Pareciera que uno también vive a empujones y saltos, al ritmo de síncopes descalibrados, creyendo que domina, que decide, cuando en realidad sólo termina ciclos empezados inadvertidamente, coronándolos con asentimientos y gimnásticas piruetas intelectuales, con gestos ampulosos de pura soberbia.
Me emplearía hasta con gusto en las tareas más nimias y propias de un inmigrante ilegal, paranoico y estigmatizado por el Big Brother. Quizás en el Chinatown, escondido y explotado en las tiendas de abarrotes y especias de Oriente, vendiendo cosas exóticas, cochinas, prohibidas por la fruncida moral o el fundamentalismo ambiental de estas latitudes como aleta de tiburón, carne de tortuga en extinción, hongos traídos de Zhang Pao, todo tipo de alimentos viscosos y delicados que se coman vivos y pataleando, o sacando de esos peces que los chinos mantiene vivos en peceras, y tras la selección del cliente, matan a palos allí mismo para que se los lleven bien fresquitos.
Bueno, quizás sea menos brusco un empleo en esas tiendas hipermodernas adyacentes al Consorcio Armani o a la tienda gigante de Virgin Records, que lo hacen sentirse a uno con una pata en el próximo siglo.
Podrán pensar que este entusiasmo es excesivo, pero aunque me importara, qué quieren que les diga? El entusiasmo es mío así y es rabioso como esta opinión.
Tras el arribo a mi ciudad, una ducha merecida y necesaria, y por cierto una dosis obligada de sushi, arrendé un auto automático por todas partes, sintonicé puro Jazz y me fuí tierra adentro, hacia Oackland, pasando por ciudades y algunos poblados de red necks, motejo con que se designa a los simples y embrutecidos habitantes del campo norteamericano, de esos que se llaman a sí mismos la gente blanca (we, the white people) con un convencimiento que provoca ataque de risa.
Sobra decir que California, particularmente el Sur, nunca dejó de ser mexicana en realidad y tanto la toponimia como las gentes de esa nacionalidad predominan sumisamente en el interior trabajando para la gente blanca.
Iba a ver a mi abuela que vive en Salida, un pueblito cercano a Modesto. De largos y bien preservados 92 años, mi abuela es chilena, oriunda de Antofagasta, de reclamada alcurnia pero intrascendente en su propia vida, toda llena de adversidad pero, víctima?, jamás. De mirada incisiva y dura, de espíritu aventurero y jadeante de acción, a mi abuela siempre le caí en gracia.
Lúcida como nadie a su edad y por supuesto mucho más lúcida que yo en mis mejores momentos, lo que dirán ustedes, eso no es ninguna gracia- mi abuela vive en esos asilos para viejos que los gringos llaman eufemísticamente Rest Homes. Mientras almorzábamos, ella la única hispanoparlante del lugar, nacionalizada y con cheque de pensión de la Unión, que se las arregló para pelear y conseguir casi siempre lo que quiso, me dió fuerzas y despojó mis tragedias hasta hacerlas aparecer como ridículas, mezquinas y hasta innecesarias.
Escuchando Jazz saliendo ahora a borbotones del radio del auto, con un espíritu oxigenado y liviano y agradecido de mi abuela, me volví a la ciudad por donde había venido, esta vez en medio de una lluvia furibunda que parecía lavar mi espíritu junto con el asfalto de la carretera. Por la noche, de vuelta al Fisherman´s Wharf, a comer cangrejos al vapor en esos puestos callejeros. Lástima que la comida en este país sea tan insípida: los cangrejos podían saber a cualquier cosa, tan, tan lejos del incomparable y gustoso sabor de sus homónimos del Pacífico Sur.
De regreso al Union Square Plaza Hotel, un nombre muy largo para un hotel que más vale no acodarse, no puedo evitar saborear mentalmente un buen plato de ese cebiche de lenguado de El Cebiche del Rey en Lima, una experiencia sublime.
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