Levantate Lázaro!

´Ta mala la cosa. Iquitos.
--‘Ta mala la cosa…ah?
--Mmm…tremenda…
--mmm….pero hay que echarle p’elante no mas ph…ponerle el hombro…
--…si ph… no quea otra…mientras haya pega…
--mmm…hay que puro cuidarla…ta muy mala la cosa…muuy mala… …
--siiii ph… péssimo, péssimo!
--y? cómo está la family?...Bien..?
--ahí está ph...siii bien...tan grandes los niños...y la tuya?
--Bieeen poh...no le entran balas.
--Ya...chao compadrito, en esta micro me voy, un gustazo saludarte...
--Igual pos compadre...chao que estís bien...
Salí de Sincity a Lima en un vuelo de Lan en un horario ridículo. Después del derribamiento de las torres del WTC en NYC en Septiembre del 02 por fanáticos, el deleite de viajar se esfumó en medio de la parafernalia de las medidas de seguridad que invadió aeropuertos, aviones y ciudades en todo el mundo, pero en especial en el Imperio.
A la sazón me encontraba en Geelong, una pequeña ciudad costera cercana a Perth en Australia, donde había llegado tras una corta estadía en Denver, apenas unos días antes de los infaustos sucesos de NYC. Aún recuerdo los escalofrios que me recorrieron cuando, tras una llamada desesperada en la madrugada, encendí CNN que a esas alturas era el canal mundial, e incrédulo me tropecé con esas imágenes en la televisión de las torres humeando y luego derrumbándose como en las películas.
--‘Ta mala la cosa…ah?
--Mmm…tremenda…
--mmm….pero hay que echarle p’elante no mas ph…ponerle el hombro…
--…si ph… no quea otra…mientras haya pega…
--mmm…hay que puro cuidarla…ta muy mala la cosa…muuy mala… …
--siiii ph… péssimo, péssimo!
--y? cómo está la family?...Bien..?
--ahí está ph...siii bien...tan grandes los niños...y la tuya?
--Bieeen poh...no le entran balas.
--Ya...chao compadrito, en esta micro me voy, un gustazo saludarte...
--Igual pos compadre...chao que estís bien...
Salí de Sincity a Lima en un vuelo de Lan en un horario ridículo. Después del derribamiento de las torres del WTC en NYC en Septiembre del 02 por fanáticos, el deleite de viajar se esfumó en medio de la parafernalia de las medidas de seguridad que invadió aeropuertos, aviones y ciudades en todo el mundo, pero en especial en el Imperio.
A la sazón me encontraba en Geelong, una pequeña ciudad costera cercana a Perth en Australia, donde había llegado tras una corta estadía en Denver, apenas unos días antes de los infaustos sucesos de NYC. Aún recuerdo los escalofrios que me recorrieron cuando, tras una llamada desesperada en la madrugada, encendí CNN que a esas alturas era el canal mundial, e incrédulo me tropecé con esas imágenes en la televisión de las torres humeando y luego derrumbándose como en las películas.
Estuve largo rato dudando si aquellas imágenes eran de verdad o sólo un mal sueño, pero sucumbí ante el convencimiento de que cualquier imágen transmitida por CNN adopta, ipso facto, ese carácter de “oficialmente importante” y oficialmente atroz y entonces nadie puede sustraerse a ese juicio perentorio y moralmente irredarguible. Era verdad que 2 Jumbos, de esos gigantescos aviones en los que suele uno volar, fueron estrellados contra las torres del WTC, aquellos íconos del éxito de la dominación mundial del dinero, marcando de modo trágico el inicio y el fin de una era, que de modo inesperado se abalanzó sobre la Humanidad.
Desde entonces los aeropuertos gringos se convirtieron en verdaderos muros infranqueables y es una tortura detenerse en ellos.
Esta vez el acariciado objeto de mi deseo era una esperada visita al iconográfico Iquitos, ese enclave en el Amazonas del exótico Perú sobre el que tantas imágenes fabriqué mirando fotos, mapas, escuchando relatos, leyendo novelas, filmes. Iquitos para mi era sobretodo, imágenes plagiadas de Fitzcarraldo, la incomprendida película de W. Herzog, y aquellas de mi propia cosecha construidas tras la lectura del hilarate y peruanísimo Don Pantaleón. (De hecho esperaba encontrame con el famoso ¨ El Sinchi¨ el insoportable y copuchento locutor de radio con diente de oro, estropeándose por ahí en algún bar orillando el Marañón, con una cerveza fría y decirle cuánto lo admiraba).
Apenas pisamos la losa del aeropuerto reconocí la selva, sus olores y sonidos exhuberantes y por supuesto la humedad y el calor agobiantes. El aeropuerto, un edificio menesteroso pero suficiente, hervía a esa hora del mediodía. Al otro lado de la calle, reconocí el infaltable bar establecido al amparo de la abundante sombra tropical de un árbol gigantesco, donde viajeros y acompañantes apagan la sed en cerveza Cristal bien helada.
Al hotel llegamos tras un corto paseo haciendo dribbling entre cientos de mototaxis (o cholotaxi como suele llamar la Lima Blanca a estos entrenidos carruajes), el vehículo favorito de la selva peruana. He de decir que los mototaxi, aparte del ruido ensordecedor que provocan los motores de baja cilindrada, son los vehìculos mejor adaptados a esta ciudad. El dueño adorna su vehículo con su mejor buen gusto de manera de reflejar las exóticas personalidades y atraer clientes, de modo que uno puede embarcarse fácilmente en un safari fotográfico para capturar las imágenes de los flecos que cuelgan del techo, de las barandas y asientos, las adapataciones para sujetar radios que normalmente suenan a todo volúmen con ritmos tropicales, las brillantes pinturas de de todo el ensamblaje del vehículo, los improvisados impermeables de plástico celeste o amarillo etc. Todo por un Sol, unito!. Barato jefe!
Desde el lobby del hotel, se puede desde ya apreciar la exótica decoración del foyer , un jardín frondoso y elevado hasta el tercer piso del hotel y un maravilloso aire acondicionado que nos da la bienvenida. El bar, está al costado e invita a explorar aquellos jarabes cuya fama afrodisiaca los precede. Mas tarde, instalados en el bar, el barman nos darìa un paseo por los sabores de licores de plantas y yerbas exóticas casi todas con nombres sugerentes como: “Levantate Lázaro” cuya degustación era seguida por carcajadas que fueron subiendo de volumen conforme avanzaba la noche.
Ya en la calle de nuevo, predispuesto absolutamente a zambullirme en los secretos de la ciudad, caminamos hasta la plaza cercana, cuyo diseño no se compadece con su entorno: ordenada y bien cuadrada, con amplias veredas de concreto y rejitas bien pintaditas y en el centro una instalación enigmática que estoy seguro fue donada por algún amigo ruso en aquellos tiempos de la URSS.
En fin, unas cuadras mas allá y se despliega el Iquitos que yo quería ver: algunos edificios del siglo XIX venidos a menos pero que hablan de algún lejano esplendor de la ciudad, por cierto hito principal del comercio fluvial transamazónico, y para que sepas tu, donde una pujante burguesìa se estableció y enriqueció a costa del caucho. Caminamos por la costanera, que no está sobre el rìo Marañòn sino sobre uno de sus afluentes, cuyo nombre se me escapa, donde tomo nota de los bares que se aprestan a recibir a sedientos parroquianos cuando el calor aplaque en horas de la tarde. En las orillas se divisan abigarrados conjuntos de viviendas flotantes comunicados entre sí por puentes y cuyas calles son canales poblados de basura y la consiguiente fetidez que se mezcla con los olores intensos de la fruta podrida. Oh, Iquitos!
Sin poder resistir la tentación, montamos un mototaxi que raudo nos lleva hasta un embarcadero-mercado donde se venden pescados frescos y ahumados, frutas y verduras y donde el calor parece abalanzarse sobre nosotros. El vaho del rio nos recibe también sin merodeos. Negociamos el precio por un pequeño bote a motor y prestos salimos por un brazo del río hacia un restaurant que divisamos desde la orilla en una pequeña islita.
Desde entonces los aeropuertos gringos se convirtieron en verdaderos muros infranqueables y es una tortura detenerse en ellos.
Esta vez el acariciado objeto de mi deseo era una esperada visita al iconográfico Iquitos, ese enclave en el Amazonas del exótico Perú sobre el que tantas imágenes fabriqué mirando fotos, mapas, escuchando relatos, leyendo novelas, filmes. Iquitos para mi era sobretodo, imágenes plagiadas de Fitzcarraldo, la incomprendida película de W. Herzog, y aquellas de mi propia cosecha construidas tras la lectura del hilarate y peruanísimo Don Pantaleón. (De hecho esperaba encontrame con el famoso ¨ El Sinchi¨ el insoportable y copuchento locutor de radio con diente de oro, estropeándose por ahí en algún bar orillando el Marañón, con una cerveza fría y decirle cuánto lo admiraba).
Apenas pisamos la losa del aeropuerto reconocí la selva, sus olores y sonidos exhuberantes y por supuesto la humedad y el calor agobiantes. El aeropuerto, un edificio menesteroso pero suficiente, hervía a esa hora del mediodía. Al otro lado de la calle, reconocí el infaltable bar establecido al amparo de la abundante sombra tropical de un árbol gigantesco, donde viajeros y acompañantes apagan la sed en cerveza Cristal bien helada.
Al hotel llegamos tras un corto paseo haciendo dribbling entre cientos de mototaxis (o cholotaxi como suele llamar la Lima Blanca a estos entrenidos carruajes), el vehículo favorito de la selva peruana. He de decir que los mototaxi, aparte del ruido ensordecedor que provocan los motores de baja cilindrada, son los vehìculos mejor adaptados a esta ciudad. El dueño adorna su vehículo con su mejor buen gusto de manera de reflejar las exóticas personalidades y atraer clientes, de modo que uno puede embarcarse fácilmente en un safari fotográfico para capturar las imágenes de los flecos que cuelgan del techo, de las barandas y asientos, las adapataciones para sujetar radios que normalmente suenan a todo volúmen con ritmos tropicales, las brillantes pinturas de de todo el ensamblaje del vehículo, los improvisados impermeables de plástico celeste o amarillo etc. Todo por un Sol, unito!. Barato jefe!
Desde el lobby del hotel, se puede desde ya apreciar la exótica decoración del foyer , un jardín frondoso y elevado hasta el tercer piso del hotel y un maravilloso aire acondicionado que nos da la bienvenida. El bar, está al costado e invita a explorar aquellos jarabes cuya fama afrodisiaca los precede. Mas tarde, instalados en el bar, el barman nos darìa un paseo por los sabores de licores de plantas y yerbas exóticas casi todas con nombres sugerentes como: “Levantate Lázaro” cuya degustación era seguida por carcajadas que fueron subiendo de volumen conforme avanzaba la noche.
Ya en la calle de nuevo, predispuesto absolutamente a zambullirme en los secretos de la ciudad, caminamos hasta la plaza cercana, cuyo diseño no se compadece con su entorno: ordenada y bien cuadrada, con amplias veredas de concreto y rejitas bien pintaditas y en el centro una instalación enigmática que estoy seguro fue donada por algún amigo ruso en aquellos tiempos de la URSS.
En fin, unas cuadras mas allá y se despliega el Iquitos que yo quería ver: algunos edificios del siglo XIX venidos a menos pero que hablan de algún lejano esplendor de la ciudad, por cierto hito principal del comercio fluvial transamazónico, y para que sepas tu, donde una pujante burguesìa se estableció y enriqueció a costa del caucho. Caminamos por la costanera, que no está sobre el rìo Marañòn sino sobre uno de sus afluentes, cuyo nombre se me escapa, donde tomo nota de los bares que se aprestan a recibir a sedientos parroquianos cuando el calor aplaque en horas de la tarde. En las orillas se divisan abigarrados conjuntos de viviendas flotantes comunicados entre sí por puentes y cuyas calles son canales poblados de basura y la consiguiente fetidez que se mezcla con los olores intensos de la fruta podrida. Oh, Iquitos!
Sin poder resistir la tentación, montamos un mototaxi que raudo nos lleva hasta un embarcadero-mercado donde se venden pescados frescos y ahumados, frutas y verduras y donde el calor parece abalanzarse sobre nosotros. El vaho del rio nos recibe también sin merodeos. Negociamos el precio por un pequeño bote a motor y prestos salimos por un brazo del río hacia un restaurant que divisamos desde la orilla en una pequeña islita.
La cerveza de rigor nos aguarda bien heladita y pedimos paiche, el mas delicioso y gigantesco pez de agua dulce (puede medir fácil 3 metros) cuya carne blanca y suave es simplemente un lujo. También pedimos la infaltable yuca frita y una pantagruélica ensalada de chonta, o lo que llamamos comunmente palmitos en Sincity, que se sirve cortada como spaghetti y es una delicia imperdible.
El sol está alto en el rio, la conversación languidece después del opíparo almuerzo y la atmósfera invita a una siesta. Me busco un lugar en una esquina desde donde puedo contemplar la selva, presentir sus sonidos y pensar en la distancia que me separa de estas cosas.
El sol está alto en el rio, la conversación languidece después del opíparo almuerzo y la atmósfera invita a una siesta. Me busco un lugar en una esquina desde donde puedo contemplar la selva, presentir sus sonidos y pensar en la distancia que me separa de estas cosas.
La vida es corta y largo es el olvido, quén dijo eso? Ta mala la cosa.
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